La derrota republicana abre un nuevo escenario político en Washington. Los demócratas recuperan el control de ambas cámaras y ponen en cuestión la capacidad de Trump para imponer su agenda. Pero detrás de esta victoria también se abre una disputa por el rumbo del propio Partido Demócrata: desde sus sectores moderados hasta la izquierda que representa Bernie Sanders.
Hay elecciones que no eligen un presidente, pero pueden cambiar considerablemente la manera en que ese presidente gobierna. Eso acaba de ocurrir en Estados Unidos. Los demócratas consiguieron arrebatarles a los republicanos el control del Senado y la Cámara de Representantes, en una votación que terminó convirtiéndose en una evaluación de la gestión de Donald Trump. El mandatario conserva la Presidencia, pero pierde el respaldo parlamentario que le permitía avanzar con menos obstáculos. Desde enero de 2027 tendrá enfrente una oposición que podrá fiscalizarlo, rechazar iniciativas y condicionar parte de su agenda. No es el fin de su mandato, pero sí un cambio importante en el equilibrio de poder.
Y aquí aparece una cuestión que tiene consecuencias mucho más allá de Estados Unidos: las guerras y la entrega de armas. El presidente es comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, pero el Congreso tiene atribuciones sobre la declaración de guerra, los presupuestos militares y la legislación que regula las exportaciones de armamento. Los demócratas podrán investigar las decisiones de Trump, discutir los recursos destinados a operaciones militares y promover restricciones a determinadas ventas o transferencias de armas. También podrán invocar la legislación sobre poderes de guerra para cuestionar intervenciones militares. Sin embargo, no debemos confundir estas facultades con la posibilidad de terminar automáticamente una guerra: el presidente conserva amplias atribuciones ejecutivas y puede vetar leyes que busquen limitarlo. La diferencia es que ahora tendrá que enfrentar mayores contrapesos institucionales.
La derrota republicana también tiene una dimensión económica. El costo de la vida, la inflación, los aranceles y el descontento con la administración estuvieron entre las preocupaciones electorales. El discurso de la grandeza estadounidense no consiguió neutralizar el malestar de quienes deben pagar sus cuentas y sostener a sus familias. El nuevo Congreso podrá investigar contratos, revisar el uso de recursos públicos y exigir explicaciones sobre decisiones económicas y militares. Pero ganar una elección legislativa no significa que los problemas de la población estén resueltos. Los demócratas también tendrán que demostrar que pueden responder a esas demandas y no limitarse a bloquear las iniciativas de Trump.
Hay, además, una disputa dentro del propio Partido Demócrata que merece atención. Este partido reúne desde sectores liberales y moderados hasta corrientes progresistas y socialistas democráticas, representadas por figuras como Bernie Sanders, senador independiente que participa de la bancada demócrata. Sanders y sus aliados cuestionan la concentración de la riqueza, el poder de las grandes corporaciones, el financiamiento empresarial de la política y el respaldo militar estadounidense a determinadas guerras. Sus propuestas de salud universal, fortalecimiento sindical y mayores impuestos a los grandes patrimonios expresan una orientación distinta de la conducción tradicional del partido. Los avances de candidatos progresistas muestran que esa corriente tiene presencia electoral, pero no significa que todos los demócratas compartan su programa. La victoria contra Trump no resolvió las diferencias internas: abrió una nueva disputa por quién conducirá al partido y qué cambios está dispuesto a impulsar.
Desde América Latina, esta elección merece una lectura adicional. Estados Unidos sigue siendo una potencia cuyas decisiones comerciales, militares y financieras afectan a países que están muy lejos de Washington. No se trata de celebrar ingenuamente una victoria demócrata ni de creer que terminarán las guerras o cambiará por completo la política exterior estadounidense. Se trata de comprender que incluso la mayor potencia militar del mundo tiene instituciones, disputas internas y mecanismos de control que pueden limitar las decisiones de su presidente. Trump conserva el mando militar y amplias facultades ejecutivas, pero perdió una parte importante de su capacidad para imponer su agenda. Y los demócratas, desde sus sectores moderados hasta la izquierda de Sanders, ahora tendrán que demostrar que pueden convertir una victoria electoral en decisiones que mejoren las condiciones de vida de la gente. Porque ganar una elección es importante; conseguir que esa victoria transforme la realidad de quienes votaron es otra historia.
Jorge Bustos
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