Los cerros de Valparaíso se quedan sin niños y sin abuelos acompañados al mismo tiempo. La salida no está en la planilla Excel, sino en las salas que hoy el Estado da por perdidas.
Chile mira sus aulas vacías con una inercia burocrática peligrosa. La fecundidad cayó bajo un hijo por mujer y el sistema escolar perdió más de cien mil estudiantes entre 2022 y 2025. La demografía nos está pasando la cuenta, y la respuesta oficial sigue siendo la de siempre: contar alumnos, calcular ingresos y cerrar lo que no cuadra.
La lógica es implacable y está escrita en el diseño del sistema. Si el financiamiento depende de la asistencia, menos alumnos significan menos recursos, menos recursos generan déficit, y el déficit termina en cierre, fusión o abandono. Quienes pagan esa cuenta son los barrios más vulnerables, que no provocaron ningún cambio demográfico.
En las ciudades puerto de la Región de Valparaíso, el problema tiene ribetes de tragedia urbana. Según el Censo 2024, es la región más envejecida del país: por cada cien menores de quince años hay unas 99 personas de 65 o más. Valparaíso y San Antonio mueven buena parte de la carga que sostiene la economía chilena. Sus cerros, en cambio, se vacían de niños y se llenan de soledad. Las escuelas que fueron durante generaciones el pulmón cívico de esas comunidades quedan atrapadas en la contabilidad fiscal.
¿Qué nos ofrecen los defensores del libre mercado y los burócratas de la planilla? Cerrar, fusionar o buscar otro destino para el inmueble, sin preguntarse qué necesita el barrio. Y si ese terreno termina en manos inmobiliarias, la comunidad pierde para siempre lo que construyó durante décadas. No digo que todo cierre persiga ese fin. Digo que el interés público no puede quedar subordinado al negocio.
Mientras faltan niños en las salas, sobran abuelos solos en las casas. Muchas familias hacen malabares entre su jornada laboral y el cuidado de padres y abuelos, y los servicios de salud y las redes comunitarias no alcanzan. Tenemos, entonces, dos urgencias que se miran de frente sin hablarse: edificios públicos con espacio de sobra y personas mayores sin dónde ser acompañadas.
La solución está frente a nuestros ojos, esperando que la política se atreva a unir ambos extremos. En vez de cerrar escuelas, transformémoslas en Polos Comunitarios Intergeneracionales. La actividad educativa se mantiene, y las salas, patios y dependencias que hoy no se usan se habilitan como centros diurnos para personas mayores, talleres culturales, huertos comunitarios, comedores y programas de apoyo a las familias cuidadoras. Todo con financiamiento real, profesionales capacitados, accesibilidad universal y condiciones que garanticen la seguridad y la independencia de cada servicio.
Imaginemos un cerro donde niños y mayores comparten el huerto, la lectura y los talleres de memoria, donde el jubilado deja de ser invisible y el estudiante crece viendo a los mayores del barrio como parte de su vida cotidiana. No se trata de convertir a los niños en cuidadores ni de reemplazar a los profesionales por voluntarismo. Se trata de recuperar la solidaridad entre generaciones y de usar mejor una infraestructura que ya es de todos. Antes de construir recintos nuevos o abandonar los existentes, debemos preguntarnos qué necesidades podemos resolver con los espacios que ya tenemos.
Hacerlo exige cambiar el paradigma. Chile necesita un financiamiento basal suficiente para la educación pública, que reconozca los costos reales de cada territorio y el papel social de cada establecimiento. Y antes de cerrar, abandonar o enajenar una escuela debe haber una evaluación pública de sus posibilidades educativas, sociales y culturales, con participación de los vecinos y criterios transparentes. También corresponde abrir una discusión seria sobre cómo parte de la riqueza que generan los terminales portuarios puede financiar servicios e infraestructura social en las ciudades que cargan con sus impactos.
Menos niños no significa que un barrio necesite menos Estado. Significa que necesita un Estado distinto, capaz de responder a la realidad que tiene, no a la que tuvo.
Las aulas vacías no son el epitafio de la educación pública. Son una oportunidad para reinventarla. La pregunta es si vamos a seguir cerrando puertas porque hay menos niños, o si seremos capaces de abrirlas para quienes hoy más las necesitan. Una ciudad no se mide solo por las toneladas que mueve su puerto ni por el dinero que ahorra su administración. Se mide por cómo cuida a sus niños, cómo acompaña a sus mayores y cómo protege los lugares donde la vida colectiva todavía es posible.
Jorge Bustos
Defendamos la Ciudad / Región Valparaíso
Chile es el país del "hay…
Chile es el país del "hay que".
Todos aportamos ideas respecto de lo que "hay que" hacer; pero los tomadores de decisiones se quedan en los diagnósticos y estudios y sufren de parálisis cuando llega el momento de hacer las cosas.
¡Menos "consultoras" y más constructoras!
lo han hecho todos los…
lo han hecho todos los gobiernos desde la dictadura no es negocio educar a pocos
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