Un año después de la promesa de recuperar crecimiento, la seguridad, el empleo e inversión, el país tiene más cesantes y una región de puertos con más desocupación que el promedio nacional y la delincuencia se encuentra desbocada. Entre las cifras hay una pregunta que casi nadie hace y que explica por qué la riqueza puede pasar por una ciudad sin quedarse en ella.
El cambio de gobierno llegó con la promesa de recuperar el crecimiento, el empleo y la inversión y terminar con la delincuencia. En septiembre del año pasado, cuando la alternancia en el poder parecía cada vez más probable, el optimismo crecía con ella: Chile había crecido 2,5% durante 2025 y la desocupación estaba en 8,3%, cifras que para quienes hoy gobiernan eran insuficientes. El diagnóstico parecía sencillo, bastaba cambiar el rumbo y la economía respondería. Pero otra cosa es con guitarra.
Un año después, lo único que corresponde es mirar los números, que son bastante más incómodos que las consignas. El INE informó que la desocupación llegó a 9,6% en el trimestre junio-agosto de 2026, pero el dato que pesa más está debajo del titular: las personas desocupadas aumentaron 13% en doce meses y los cesantes, 12,1%. No hablamos solo de gente que busca trabajo, sino de gente que tenía uno y lo perdió. Basta comparar con septiembre del año pasado para notar que la distancia entre la promesa y el resultado es de más de un punto de desempleo.
En la Región de Valparaíso la tasa llegó a 10,2%. Bajó dos décimas respecto del trimestre móvil anterior, cuando era 10,4%, pero sigue seis décimas sobre el promedio nacional, y ahí aparece una paradoja que esta zona soporta hace demasiado tiempo. Vivimos en una región ligada al comercio internacional, con algunos de los principales puertos del país, y por San Antonio, Valparaíso y otros terminales entran y salen cantidades enormes de mercancías que sostienen la economía nacional. Por aquí circula riqueza. Pero que la riqueza pase por un territorio no significa que se quede en él, y esa diferencia, que parece menor, ordena todo lo demás.
Se puede tener cifras récord de exportaciones, volúmenes gigantescos de carga, inversiones millonarias y puertos estratégicos, y a la vez trabajadores buscando empleo, familias endeudadas y ciudades que siguen esperando que todo eso se note en su vida diaria. Por eso la pregunta no es cuánto dinero mueve el sistema portuario o el comercio internacional, sino cuánto de ese dinero vuelve a las ciudades que hacen posible que el comercio exista. No es una pregunta ideológica, es económica: si una actividad usa carreteras, territorio, agua, energía, servicios públicos y el trabajo de miles de personas, lo razonable es preguntarse cuál es su retorno para el lugar que la sostiene. Crecimiento y desarrollo nunca fueron sinónimos. Una economía puede crecer mientras una ciudad se empobrece, una empresa puede aumentar sus utilidades mientras la región sigue con problemas de empleo, y un puerto puede mover millones de toneladas sin que sus trabajadores ni las comunidades vecinas vean una mejora proporcional. Es una discusión que Chile ha esquivado durante décadas y llego el momento que salte a la mesa de negociación.
Mientras tanto, la economía nacional tampoco entrega las señales prometidas. En septiembre el Banco Central rebajó su proyección de crecimiento para 2026 desde el rango de 1% a 1,75% que tenía en junio hasta apenas 0,25% a 0,75%. Incluso en el mejor de los casos, el techo de esa nueva estimación queda muy lejos del 2,5% de 2025. Una proyección no es un resultado, es una expectativa, y que el Banco Central la reduzca no significa que el año esté perdido, sino que con la información disponible espera menos: gasto débil, mercado laboral deteriorado, confianza resentida, energía más cara, el clima y una menor producción minera. Tampoco ayuda convertir todo en una pelea entre buenos y malos. Una guerra puede encarecer el petróleo, pero otra cosa es decidir cómo se reparte ese costo entre el Estado, las empresas y los consumidores. Una caída de la minería pesa sobre el crecimiento, pero otra cosa es preguntarse por qué una economía depende tanto de unas pocas actividades. Un menor consumo golpea a las empresas, pero otra cosa es preguntarse por qué las familias consumen menos. Algo parecido pasa con la salida de capitales, que en el primer semestre fue muy superior a la de igual período del año anterior: el dato merece atención, pero no autoriza a concluir sin más que toda salida sea una fuga por motivos políticos, porque los capitales se mueven por decisiones financieras de muchos tipos.
Las calles, entretanto, también están diciendo algo. El 1 de octubre hubo movilizaciones en distintas ciudades, convocadas por organizaciones estudiantiles, sindicales y sociales, principalmente contra eventuales recortes en educación en la discusión presupuestaria de 2027. Una marcha no prueba por sí sola que la economía esté en crisis, pero tampoco aparece en el vacío. Cuando sube la cesantía, cuando los ingresos de las familias se aprietan y cuando el presupuesto toca derechos sociales, la calle se vuelve el lugar donde esas tensiones encuentran voz. No corresponde reemplazar los datos por consignas, pero tampoco la realidad social por una planilla Excel, porque detrás del 9,6% hay personas, detrás de cada cesante hay un trabajador, detrás del precio de los combustibles hay familias decidiendo qué gasto postergar y detrás de una caída del crecimiento hay empresas que dejan de contratar.
Quizás por eso conviene volver a la región con una sospecha incómoda. Si alguien nos dice que Chile creció, lo natural es preguntar cuánto; si nos dicen que aumentó el empleo, qué clase de empleo; si nos hablan de inversión, dónde se invierte; y si nos hablan de exportaciones, cuánto de ese valor queda en el territorio. Quien escuche que una región es rica porque exporta mucho haría bien en mirar primero cómo viven sus habitantes. Lo que vemos aquí es una región estratégica para el comercio internacional, atravesada por mercancías y capitales, con una desocupación de 10,2%. Tal vez el problema no sea solo cuánto produce Chile, sino cómo se distribuye lo que produce y cuánto de esa riqueza regresa a los territorios que la hacen posible. Vale para los puertos, para la minería, para la energía, para las grandes obras de infraestructura y para cualquier actividad que use un territorio para generar riqueza.
Y ahí se entiende la vieja frase. Desde la oposición es fácil prometer crecimiento, empleo, inversión, prosperidad y seguridad, y la guitarra empieza a sonar cuando hay que gobernar: decidir, pagar, explicar, cuando los números dejan de ser promesas y se vuelven resultados. Gobernar no consiste en explicar eternamente por qué el anterior lo hizo mal, sino en hacerse cargo de lo que ocurre. Pero tampoco bastan ciudadanos que crean ciegamente en un gobierno o en una oposición; hacen falta ciudadanos que comparen, que pregunten, que distingan una cifra de una interpretación y una promesa de un resultado, y que entiendan que la economía no es propiedad de los economistas. La economía somos el trabajador que perdió su empleo, la familia que llega con dificultad a fin de mes, el joven que busca trabajo, el pequeño comerciante que vende menos, el camionero que paga más combustible y el trabajador portuario que genera riqueza mientras ve cómo su ciudad sigue esperando su parte. Indignarse no alcanza. Quien entiende pregunta, quien pregunta exige, y quien exige deja de ser espectador. Que la riqueza no siga pasando de largo.
Jorge Bustos
Defendamos la Ciudad Región Valparaíso
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