Nos repiten que el problema es el gasto público, mientras se recortan miles de millones en gasto social y se protege a los grandes empresarios y la banca, que son los endeudados, recordamoslo que paso en los 80, cuando el sistema colapsó, la cuenta no la pagaron los ricos, la pagaron las capas medias y los sectores populares.
Para entender lo que está pasando hoy en Chile, hay que dejar de mirar donde nos dicen que miremos. El debate público está saturado con la idea de que el problema es la deuda del Estado, que hay que ajustarse, que no hay plata, que el gasto social es excesivo. Pero cuando uno revisa las cifras del Banco Central de Chile, el cuadro es otro.
La deuda pública bordea el 35% del PIB. En paralelo, la deuda del sector privado empresas y sistema financiero se acerca al 200% del PIB del pais. No es un matiz, es una diferencia estructural y grosera.
Y no es solo cuánto deben, sino cómo deben en que moneda. Una parte relevante de esa deuda está en dólares. Eso significa que depende de variables que Chile no controla: tipo de cambio, tasas internacionales, financiamiento externo, las guerras. Cuando eso se mueve, la capacidad de pago se deteriora rápido.
Esto no es nuevo. Ya ocurrió en la Crisis económica de Chile de 1982. En ese momento, los grandes grupos económicos y la banca se endeudaron en el exterior, cuando el contexto cambió, quebraron. Y ahí apareció el Estado ese mismo que tanto critican, no para rescatar a la gente, sino para rescatar al sistema financiero. Lo que siguió fue la socialización de pérdidas privadas, documentada por el propio Banco Central de Chile. La cuenta no la pagaron quienes generaron el problema, la pagó el país durante años.
Hoy los elementos se repiten: alto endeudamiento privado, exposición al dólar, dependencia del financiamiento externo, concentración económica. Y en paralelo, se instala con fuerza una narrativa que apunta en la dirección contraria: el problema sería el gasto social y no el endeudamiento privado que supera 2 veces el PIB.
No es casual. Los grandes grupos económicos no solo concentran poder financiero, también tienen influencia en la construcción del relato público, es decir son los dueños de los diarios, de las televisoras y tambien de casi todas las radios. Y ese relato es funcional: desplaza la atención desde la fragilidad privada hacia el Estado.
En ese contexto, el anuncio del presidente José Antonio Kast y los recortes por miles de millones de dólares a los presupuestos de distintos ministerios no pueden leerse como un ajuste neutro. Son una señal. Cuando se habla de “ordenar las cuentas” o “dar certezas”, lo que se está haciendo en la práctica es preparar el terreno para sostener a los grandes actores si el sistema entra en tensión.
Y eso tiene consecuencias concretas. Porque cuando se ajusta el gasto público, no se recorta en abstracto. Se recorta en salud, en educación, en programas sociales, en empleo. Se recorta en la vida cotidiana de la gente.
Por eso el problema no es solo lo que puede venir, el problema es que esto ya se sabe y aun así se instala un relato que apunta en otra dirección, para engañar a la gente.
No basta con denunciar después, cuando todo revienta, porque a esa altura la cuenta ya está repartida. Este mecanismo funciona siempre igual: se oculta mientras el ciclo es favorable y aparece cuando ya no hay margen para discutir.
Y en ese momento ya no se decide nada. Ya está decidido, porque cuando esto revienta, la deuda NO la pagan los que la generaron, la pagamos nosotros, la pagamos con menos salud, con menos presupuesto social, con más cesantía porque al final siempre ocurre lo mismo, se recortan los recursos sociales para cubrir la farra de los poderosos, así funciona, no es teoría, es experiencia y por eso la pregunta ya no es técnica, es política, ¿vamos a tropezar otra vez con la misma piedra? o vamos a entender lo que está pasando y organizarnos para impedirlo.
Jorge Bustos
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