El 3 de marzo de 2026 Valparaíso asistió a una escena que algún día será estudiada con calma por historiadores del derecho administrativo y, probablemente, también por estudiantes de teatro. Ese día la Comisión de Evaluación Ambiental aprobó por unanimidad el proyecto Terminal Cerros de Valparaíso, impulsado por la Empresa Portuaria Valparaíso, en una sesión que oficialmente debía analizar impactos ambientales, pero que terminó pareciéndose más a una mezcla de ceremonia de despedida, asamblea gremial y festival de improvisación argumental.
Porque conviene recordar el detalle más importante: quienes presidían esa sesión sabían perfectamente que su gobierno tenía fecha de término. Les quedaban días en el cargo. Días. Y aun así decidieron cerrar uno de los expedientes ambientales más controvertidos de la última década con una unanimidad tan impecable que ni siquiera fue interrumpida por algo tan vulgar como una pregunta técnica.
Doce autoridades públicas escucharon la exposición del Servicio de Evaluación Ambiental, tomaron nota con visible serenidad y luego aprobaron el proyecto con una eficiencia que cualquier burócrata europeo envidiaría: cero preguntas, cero dudas, cero discusiones. Una evaluación ambiental perfectamente silenciosa.
Mientras tanto, en la sala desfilaban los entusiastas del progreso. La Cámara Regional de Comercio, la Cámara Chilena de la Construcción, representantes del comercio local, de la empresa portuaria y hasta dirigentes deportivos que, por alguna razón misteriosa, fueron invitados a ilustrar a la comisión sobre los complejos equilibrios entre biodiversidad marina, patrimonio urbano y logística portuaria.
Lo notable es que, al leer el acta, uno descubre que los argumentos técnicos no abundaron precisamente.
Hubo, por ejemplo, un momento particularmente memorable cuando el presidente del Club Deportivo New Crusaders explicó el contexto ambiental del proyecto señalando que “ahora ya se alinearon todos los planetas”. No es frecuente que la metafísica astral aparezca como fundamento en una evaluación de impacto ambiental, pero al parecer Valparaíso está inaugurando nuevas escuelas de análisis científico.
El mismo expositor consideró relevante recordar que en 2015 su equipo femenino de básquetbol “casi salió campeón sudamericano”. Es difícil exagerar la importancia de ese antecedente para la evaluación de corrientes marinas, sedimentos costeros y dinámica portuaria, pero la comisión escuchó la información con respeto.
La sesión también tuvo momentos de introspección filosófica. El presidente del Mercado El Cardonal explicó humildemente que él se consideraba “una hormiga” frente a la comisión. Una imagen poderosa, aunque quizás involuntariamente exacta para describir la dimensión técnica de algunas intervenciones.
Ese mismo expositor ofreció además una reflexión urbana de notable intensidad histórica: recordó que antiguamente “había que matar a una persona para tener un lugar en la calle Serrano”. No quedó del todo claro qué relación guardaba esa estadística criminal con el impacto ambiental del proyecto portuario, pero la frase quedó registrada para la posteridad administrativa.
El representante del concesionario portuario, por su parte, aportó una observación estética que probablemente inaugurará una nueva corriente en la arquitectura industrial chilena. Explicó que la actividad portuaria es agradable de observar “por los colores de los contenedores, naranjas, amarillos, verdes” se le olvido el blanco de los contenedores refrigerados, pero eso es un detalle.
La biodiversidad cromática del comercio internacional. Pero el momento más revelador de la jornada llegó cuando la presidenta del directorio de la empresa portuaria quiso subrayar la dimensión estratégica del proyecto y terminó produciendo una frase que el acta conserva con admirable fidelidad: “Quisiera subrayar la dimensión estratégica de esta dimensión ya que, esta decisión perdón, ya que desde el año 2000, en el año 2030”. Algo quiso decir, seguro después lo explicara.
Una síntesis temporal que, hay que reconocerlo, captura bastante bien la lógica de toda la sesión.
Mientras tanto, en algún lugar del expediente seguía existiendo un detalle incómodo: el proceso había sido retrotraído por la Corte Suprema de Chile, lo que en teoría obligaba a revisar nuevamente los fundamentos técnicos del proyecto. Pero discutir esos fundamentos habría exigido algo peligroso para la coreografía de la jornada: leer el expediente.
Y leer el expediente, al parecer, no estaba en el programa. De modo que la sesión continuó con entusiasmo cívico, discursos sobre la competitividad nacional, referencias al porcentaje del PIB que representa el comercio exterior y apelaciones emocionales al orgullo de la “Joya del Pacífico”.
Todo muy inspirador. Lo único que no apareció fue un debate técnico real sobre los puntos que habían motivado diez años de controversia.
Finalmente, la comisión votó. Unánimemente. Como si todo hubiera quedado clarísimo después de escuchar a los planetas alinearse, a los contenedores lucir sus colores y a los recuerdos de infancia caminando por la costanera.
Y así terminó la sesión. Pocos días después, el 11 de marzo, las autoridades que presidieron aquella jornada abandonaron sus cargos. Los gobiernos cambian, los escritorios se entregan y los discursos quedan archivados en la prensa.
Pero los actos administrativos tienen una mala costumbre: no se van con los gobiernos. Se quedan.
Quedan los expedientes, quedan las observaciones técnicas, quedan las interpretaciones jurídicas creativas y queda también la memoria pública de una sesión donde uno de los proyectos más controvertidos de la historia portuaria reciente fue aprobado en medio de argumentos que oscilaban entre la astrología, el básquetbol y la teoría estética de los contenedores.
Valparaíso tiene memoria, y la memoria administrativa tiene algo todavía más incómodo: los nombres quedan en las firmas.
Las autoridades que aprobaron el proyecto el 3 de marzo ya dejaron sus cargos el 11 de marzo. El poder, como siempre, cambió de manos y el calendario político siguió avanzando con su elegancia habitual.
Ahora sólo falta ver cuánto dura el entusiasmo del actual directorio de la Empresa Portuaria Valparaíso, que también depende de decisiones del nuevo gobierno.
Porque el espectáculo administrativo siempre tiene algo de obra teatral: los actores entran, dicen sus parlamentos y luego abandonan el escenario.
Lo único que queda sobre la mesa, cuando se apagan las luces, es el libreto.
Y en este caso el libreto es un acta oficial donde un proyecto portuario de escala histórica fue aprobado con argumentos que incluyeron planetas alineados, recuerdos de infancia, estadísticas criminales sobre la calle Serrano y la belleza cromática de los contenedores.
Un documento extraordinario. No tanto para explicar el futuro del puerto, pero sí para entender cómo funciona el sentido del humor involuntario de la burocracia chilena.
Jorge Bustos
Defendamos la Ciudad
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