Mauricio Hernández Norambuena, el “Comandante Ramiro”, aparece en un titular de El Mercurio junto a tres letras: PCC. Para quien conoce Brasil, significan Primeiro Comando da Capital. Para un lector chileno, esas mismas tres letras evocan inmediatamente al Partido Comunista. El diario no miente: junta siglas, nombres y mayúsculas, y deja que usted haga el resto.
La investigación policial es real y grave. El PCC es una organización criminal brasileña y las autoridades han informado de sus intentos por instalarse en Chile. Eso merece investigación, inteligencia y persecución penal. No necesita fantasmas ideológicos para parecer más peligroso.
Pero hay algo que debemos aclarar, porque aquí estoy hablando de Mauricio. En 2005, la Policía Federal brasileña informó de un supuesto plan de fuga en el que participarían integrantes del PCC y del Comando Vermelho, y cuyo objetivo incluía sacar de la cárcel a Mauricio Hernández Norambuena. Eso es lo que informaron entonces las autoridades y la prensa brasileña.
Pero una cosa es que una organización criminal quisiera rescatar a Mauricio; otra, completamente distinta, es que Mauricio conociera ese plan, estuviera de acuerdo con él o participara en él. Y una tercera, todavía más grave, sería convertir eso en una supuesta pertenencia o asociatividad con el PCC.
Esa diferencia importa. Porque posteriormente aparecieron publicaciones que hablaron de una supuesta “aproximación ideológica”, de conversaciones en la cárcel e incluso de que integrantes del PCC lo consideraban un “hermano”. Son afirmaciones de investigaciones y publicaciones periodísticas de la época, no una sentencia que establezca que Mauricio fuera integrante del PCC, que participara de su estructura criminal o que hubiera consentido aquel supuesto rescate.
Y aquí conviene mirar el otro lado de la historia. Mauricio estaba encerrado bajo un régimen carcelario extremo. La Corte Interamericana estableció que Brasil lo mantuvo bajo el Régimen Disciplinario Diferenciado y que permaneció 22 horas diarias en una celda individual, con severas restricciones de visitas y contacto humano. La propia Corte concluyó que durante aproximadamente tres años y siete meses no tuvo contacto humano apreciable y calificó aquello como aislamiento prolongado.
Mauricio declaró ante la Corte que durante algunos períodos permaneció incluso 23 horas en su celda y que durante el primer año no tuvo patio ni sol. Entonces hagamos la pregunta que el titular no hace:
¿Cómo se transforma el supuesto intento de terceros por rescatar a un preso sometido a un aislamiento extremo en una relación de complicidad entre el preso y quienes supuestamente pretendían rescatarlo?
No se puede. Que el PCC quisiera sacarlo de prisión no demuestra que Mauricio quisiera salir con ellos. Que algunos de sus integrantes vieran en él una figura política que podía servirles para construir un relato ideológico no demuestra que Mauricio aceptara esa relación. Y que existieran conversaciones o contactos dentro de una cárcel tampoco convierte automáticamente esos contactos en una asociación criminal.
La propia sentencia de la Corte Interamericana, dictada el 17 de octubre de 2025 y notificada en enero de 2026, no establece que Mauricio conociera aquel supuesto plan de fuga ni que hubiera participado en él. Lo que sí establece es la responsabilidad internacional de Brasil por las condiciones de su encarcelamiento, por el aislamiento prolongado, por la falta de fundamentación suficiente de las decisiones que prolongaron el RDD y por la falta de recursos judiciales efectivos para cuestionarlo.
Por eso el problema del titular no es solamente la sigla. Es la distancia entre lo que los antecedentes permiten afirmar y lo que el lector puede terminar creyendo.
Mire la secuencia: PCC, Comandante Ramiro, Valparaíso, narcotráfico. No hay una mentira explícita. Hay algo más sofisticado: palabras cuidadosamente colocadas para producir una asociación.
El lector que llega al final de la noticia sabe que PCC significa Primer Comando de la Capital. El que solo mira el titular recibe las tres letras, el nombre de Ramiro y una historia de narcotráfico. Y como casi nadie lee hoy una noticia completa, el titular termina siendo la noticia. Aquí aparece el segundo detalle. Hernández Norambuena no es cualquier nombre. Fue condenado en Chile por el secuestro de Cristián Edwards, hijo de Agustín Edwards, propietario de El Mercurio, además de otras causas.
Cuando un medio cuenta una historia en la que aparece alguien que protagonizó un episodio judicial directamente relacionado con la familia propietaria, la transparencia también debería ser parte del periodismo.
Nadie podría pensar que El Mercurio escriba para vengarse. Porque aquí no hace falta escribir “Partido Comunista”. Basta con escribir PCC.No hace falta afirmar una conexión entre comunismo y narcotráfico. Basta con poner las palabras juntas. No hace falta mentir. Basta con insinuar y dejar que el lector complete la ecuación.
Eso es periodismo de deducción: no afirmo A más B; simplemente los coloco juntos y después me defiendo diciendo que “eso nunca se afirmó”.
Por supuesto que no se afirmó. Ese es precisamente el truco. Los que leemos nos preguntamos: ¿están informando sobre el crimen organizado o están utilizando el crimen organizado para seguir librando viejas batallas ideológicas?
Porque mientras las policías persiguen a delincuentes reales, algunos titulares parecen necesitar enemigos imaginarios. La seguridad de los chilenos no puede convertirse en material de guerra cultural. Y Mauricio Hernández Norambuena no puede ser convertido, por la magia de tres letras mayúsculas, en integrante de una organización criminal cuya pertenencia nunca ha sido establecida. Informar es entregar los hechos. Manipular es decidir qué asociación debe quedar instalada después de leerlos. Entre ambas cosas hay una frontera muy delgada. A veces, tan delgada como tres letras mayúsculas.
Jorge Bustos
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