Cada 12 de octubre repiten una palabra amable para una historia que no lo fue. Quizá el problema no esté en el nombre de la fecha, sino en la mirada con que nos enseñaron a leerla.
Cada 12 de octubre vuelve a la mesa una de las operaciones ideológicas más exitosas de nuestra historia: llamar “encuentro de dos culturas” a la conquista de América. La palabra suena bien. Evoca intercambio, convivencia, enriquecimiento mutuo. Pero basta detenerse un momento en ella para que algo empiece a crujir.
Porque un encuentro exige reconocer al otro, respetar su existencia y dejarle decidir su destino. ¿Qué encuentro es aquel en que uno de los que llegan pretende apropiarse del territorio, imponer su religión, someter a sus habitantes y desmontar su organización? Llamarlo así suaviza la historia y convierte en protagonistas de una epopeya civilizadora a quienes llegaron a conquistar y robar.
Enrique Dussel lo explicó en 1492: El encubrimiento del Otro. Europa no encontró un territorio vacío de sentido: fabricó, desde sus propios intereses, una imagen de quienes ya vivían aquí, negándoles historia, pensamiento y cultura. El otro dejó de ser alguien a quien reconocer y pasó a ser alguien a quien dominar. De ahí nació uno de los grandes mitos de la modernidad: que Europa era la civilización y, por eso, tenía derecho a llevar su modelo al resto del mundo, incluso por la fuerza. Primero se despojó; después a intentado convencer a los despojados de que aquello era nuestra salvación.
La violencia no fue un accidente marginal. La guerra, el trabajo forzado, las epidemias y la destrucción de las estructuras sociales provocaron un desplome demográfico devastador en numerosas poblaciones originarias de nuestro continente. A eso se sumaron la persecución de sus creencias, la pérdida de sus saberes y la subordinación de sus lenguas. No solo se conquistaron territorios: se intentó borrar nuestras memorias.
Y la dominación no terminó cuando se fue la colonial. Aníbal Quijano llamó colonialidad del poder a la persistencia de jerarquías sociales, raciales y culturales nacidas de la colonia, aun después de la independencia política. Un país puede dejar de ser colonia sin que sus instituciones, sus élites y su idea de desarrollo dejen de reproducir aquella vieja relación. Por eso el 12 de octubre no pertenece solo a los libros de historia. Habla de pueblos originarios que todavía defienden sus territorios, de saberes despreciados frente a intereses económicos, de un modelo que trata la naturaleza como mercancía y a las comunidades como un estorbo.
Chile no es ajeno a esto. Difícilmente podemos hablar de diversidad cultural mientras los pueblos originarios deban luchar para que se reconozcan sus derechos, su historia y su capacidad de decidir sobre su tierra. Tampoco podemos condenar la violencia colonial del pasado y cerrar los ojos ante las formas actuales de despojo y discriminación. La memoria sirve justamente para reconocer lo que continúa, aunque cambien los protagonistas y los discursos.
Nada de esto supone negar la cultura europea ni los intercambios humanos posteriores a 1492. Supone rechazar la idea de que una civilización puede imponerse a otra por considerarse superior, y recordar que los pueblos originarios no empezaron a existir cuando llegaron los europeos, ni los necesitaron para tener conocimiento, organización, espiritualidad y una relación propia con la naturaleza. Quizá lo que queda es por qué seguimos celebrando como encuentro lo que para millones de seres humanos significó conquista y sometimiento.
Una sociedad que conoce su historia no necesita esconderla tras palabras amables. Los pueblos no recuperan su dignidad cambiando una palabra en el calendario, sino cuando pueden contar su propia historia, defender su territorio y decidir su futuro sin que nadie se arrogue el derecho de gobernarlos. No fue el encuentro de dos culturas en igualdad de condiciones. Fue el comienzo de una conquista cuya herencia todavía nos toca enfrentar. Descolonizar la memoria es también aprender a mirar el mundo desde quienes, durante siglos, fueron obligados a callar.
Jorge Bustos
Disculpa, Jorge. Mi…
Disculpa, Jorge. Mi naturaleza me forzó a cambiar el título de la columna.
Ofrezco mis excusas.
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