En Chile nos hicieron mirar para el lado correcto… pero no para el fondo del problema.
Nos dijeron que todo se trataba de un hombre, de un nombre propio, de un juicio. Nos empujaron a discutir si Crespo debía estar preso o libre, como si ahí se jugara la verdad de lo ocurrido en el estallido social.
Pero no.
Lo peor no fue el disparo que dejó ciego a Gustavo Gatica.
Lo peor vino después.
Lo peor fue que el Estado chileno decidió que la mutilación de su propio pueblo no tendría consecuencias políticas reales.
Y lo hizo con ayuda.
Durante meses vimos portadas, paneles, matinales, editoriales y noticiarios repitiendo la misma idea: “un caso”, “un funcionario”, “la justicia debe pronunciarse”. La gran prensa empujó el relato hacia un callejón estrecho, cómodo para el poder, donde todo se reducía a un expediente judicial.
Mientras tanto, lo esencial desapareció del debate.
No se habló de los ministros que siguieron en sus cargos.
No se habló de los mandos que dieron las órdenes.
No se habló de las armas que siguieron usándose aun sabiendo que cegaban.
No se habló del Congreso que miró para el techo.
No se habló de un Estado que optó por cerrar el capítulo sin verdad ni responsabilidad.
Cientos de personas quedaron con daño ocular.
Miles fueron reprimidas, detenidas, golpeadas.
Y, aun así, el sistema político siguió funcionando como si nada grave hubiera pasado.
Eso no fue un error. Fue una decisión.
La prensa dominante ayudó a instalar la idea de que con un juicio se cerraba todo. Que con una condena o una absolución el país podía seguir adelante. Que el problema era individual y no estructural. Que el daño era trágico, pero ya estaba “procesado”.
Así se fabricó el olvido.
Gustavo Gatica no es solo una víctima. Es la prueba viva de que el Estado fue capaz de ver el horror y seguir caminando. Su caso fue transformado en símbolo para evitar discutir lo que realmente dolía: la responsabilidad política de quienes gobernaban cuando se disparó, cuando se reprimió, cuando se decidió no detener nada.
Hoy se discute la libertad de un carabinero.
Pero no se discute la libertad con la que actuó el poder político para no hacerse cargo.
Ese es el verdadero escándalo.
Porque cuando un Estado mutila y luego se protege, deja un mensaje claro: hay cuerpos sacrificables, hay derechos que se suspenden, hay verdades que se administran. Y cuando la prensa acompaña ese cierre, deja de informar y pasa a ordenar el silencio.
No hubo justicia plena. Hubo gestión del daño. Hubo relato.
Hubo pacto implícito para seguir adelante.
Mientras no se diga esto con todas sus letras, seguiremos atrapados en discusiones pequeñas, peleando nombres, mientras el fondo permanece intacto: un Estado que nunca respondió políticamente por la violencia ejercida contra su pueblo.
Lo peor no fue el disparo.
Lo peor fue que decidieron que no importaba lo suficiente.
Y esa decisión, todavía hoy, pesa sobre Chile.
Jorge Bustos
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