Cada septiembre la memoria vuelve a 1973. Pero la violencia que comenzó aquel año no terminó con la dictadura: se transformó. Hoy tiene otros nombres deuda, algoritmo, recorte presupuestario, granja de bots y sigue persiguiendo el mismo objetivo de siempre: conservar el poder y mantener a otros obedeciendo.
En septiembre mis recuerdos vuelven a la violencia. Pero ya no quiero hablar solamente de aquella violencia que conocimos cuando las Fuerzas Armadas ocuparon las calles, cuando comenzaron las detenciones, las torturas, los asesinatos y la persecución. Quiero hablar también de las violencias que vinieron después y de las que existen hoy. Porque el poder aprende. A veces cambia el uniforme, cambia el discurso, cambia las armas y hasta cambia la manera de llamar a las cosas. Pero no necesariamente cambia su propósito: conservar el poder y mantener a otros obedeciendo.
Sigmund Freud, en El malestar en la cultura, intentó comprender esa contradicción humana entre nuestros impulsos y las reglas que construimos para vivir juntos: la cultura pone límites a nuestra agresividad, pero no consigue eliminarla. Eso nos sirve para comenzar, pero no basta, porque existe una diferencia enorme entre la violencia que puede ejercer un individuo y aquella que organiza el poder. Hannah Arendt nos enseñó que poder y violencia no son exactamente lo mismo: la violencia es instrumental, sirve para conseguir algo, y cuando alguien necesita recurrir permanentemente a la fuerza para conseguir obediencia, probablemente algo está fallando en su capacidad de convencer. Antonio Gramsci nos ayuda a entender lo que ocurre antes: el poder no se mantiene solamente con policías, soldados y cárceles, también necesita construir consenso, convencer a los dominados de que el orden existente es natural, razonable o inevitable. Y cuando el consenso comienza a resquebrajarse, aparece la coerción. Frantz Fanon fue todavía más lejos al estudiar el colonialismo: la dominación colonial no era para él una simple relación desigual entre individuos, sino un sistema sostenido por la violencia, y por eso la liberación de los pueblos colonizados no podía comprenderse sin considerar la violencia que había construido previamente esa dominación.
Pero hay otro autor imprescindible para lo que quiero decir hoy: Johan Galtung, y su idea de violencia estructural. Ahí la cosa cambia. Porque violencia no es solamente una bala, una golpiza, una tortura o una cárcel. También existe violencia cuando una sociedad está organizada de tal manera que unos tienen muchas más posibilidades de vivir dignamente que otros. Es violencia que un niño no pueda alimentarse adecuadamente. Es violencia que una familia tenga que endeudarse para llegar a fin de mes. Es violencia que el crédito termine convirtiéndose en una cadena. Es violencia que una persona trabaje toda su vida y llegue a la vejez sin una pensión digna. Es violencia que se encarezca la vida mientras quienes tienen mayor capacidad económica siguen acumulando riqueza. Y esto no es una metáfora: en agosto de este año el IPC chileno aumentó 0,6% en un solo mes y llegó a 4,1% anual, con alimentos y transporte entre los principales motores del alza; justo antes de las Fiestas Patrias, además, la bencina subió $35 por litro y el diésel $89.
Alguien puede decirme que eso es economía. Yo digo que también es política, porque cuando sube el costo de la vida, alguien paga, y normalmente no paga lo mismo el que tiene millones que el que tiene que decidir si compra comida, paga el arriendo, compra remedios o paga una cuota del crédito. La pobreza también puede ser una forma de violencia cuando es producida o tolerada por una estructura social que podría evitarla.
Y aquí llegamos a una violencia todavía más sofisticada: la violencia contra el pensamiento. Paulo Freire entendió que educar no era llenar cabezas de información, sino ayudar a las personas a leer el mundo para poder transformarlo. Por eso una sociedad que quiere ciudadanos críticos necesita enseñar historia, filosofía, ciencias sociales, literatura, arte; necesita enseñar a preguntar, comparar, dudar, investigar y discutir. Porque un ciudadano que piensa es difícil de gobernar mediante el miedo, pero un ciudadano embrutecido, sin memoria histórica, sin herramientas para interpretar lo que ocurre y acostumbrado solamente a obedecer, es mucho más fácil de conducir. Por eso cuando se recortan recursos de educación, cuando se debilitan las humanidades, cuando se desprecia la filosofía, cuando la historia se transforma en una lista de fechas y cuando el arte se considera un lujo, yo no lo miro solamente como un problema presupuestario: también lo miro como una disputa por el tipo de ciudadano que queremos construir. El propio gobierno de José Antonio Kast ha aplicado recortes presupuestarios en educación y ha impulsado ajustes que han generado críticas precisamente por sus efectos sobre programas educativos; distintas informaciones han reportado recortes y evaluaciones de cierre o reducción de programas. Y mientras menos capaces seamos de pensar críticamente, más fácil será manipularnos.
Aquí aparecen los nuevos fusiles. No disparan balas, disparan información. Son los bots, los trolls, las granjas de cuentas falsas, los algoritmos utilizados para amplificar odio, miedo y mentiras. Ya no necesitas cerrar un diario: puedes inundar las redes sociales. Ya no necesitas censurar directamente una opinión: puedes hacer que desaparezca debajo de millones de mensajes fabricados. Ya no necesitas convencer a millones de personas: puedes fabricar la ilusión de que millones ya están convencidos. Eso tiene un nombre: astroturfing. Y hoy sabemos que no estamos hablando de ciencia ficción: las investigaciones recientes sobre Fernando Cerimedo y las llamadas granjas de bots han vuelto a poner sobre la mesa una red de operaciones digitales vinculadas a campañas de la nueva derecha latinoamericana, con conexiones y trabajos en distintos países. Hay antecedentes que lo relacionan con campañas y operaciones políticas en Argentina, Brasil, Bolivia y Chile, aunque el efecto electoral concreto de estas operaciones debe analizarse caso por caso y no puede atribuirse mecánicamente a los bots. Pero no necesitamos demostrar que una granja de bots ganó una elección para comprender el peligro: basta con entender que alguien está intentando fabricar nuestra percepción de la realidad. Eso también es violencia. Porque si consiguen que un ciudadano vote engañado, odie a alguien que nunca conoció, crea una mentira repetida miles de veces y termine defendiendo los intereses de quienes lo perjudican, no estamos frente a una democracia plenamente libre: estamos frente a una democracia manipulada.
Y entonces recuerdo otra forma de sometimiento: el crédito. Nos enseñaron que endeudarse era progresar. La casa a crédito, el automóvil a crédito, la tarjeta de crédito, el supermercado a crédito, los estudios a crédito, la salud a crédito, hasta las vacaciones a crédito. Y cuando el salario ya no alcanza, el crédito permite seguir consumiendo mientras aumenta la dependencia. Antes podían encadenarte físicamente; hoy también pueden encadenarte financieramente. No es exactamente la misma violencia, pero puede producir algo parecido: dependencia, miedo y obediencia.
Y cuando miro todo esto, vuelvo inevitablemente a septiembre de 1973. Porque aquella violencia no comenzó el 11 de septiembre: el golpe fue el momento en que una determinada disputa por el poder pasó a resolverse mediante las armas. Y esas armas no aparecieron solas. Hubo intereses económicos, hubo intervención extranjera, hubo conspiración, hubo sectores privilegiados que prefirieron la dictadura antes que aceptar transformaciones que amenazaban sus intereses, y hubo militares que pusieron las armas del Estado al servicio de esa ruptura. Pero también hubo militares que se opusieron: René Schneider y Carlos Prats son nombres suficientes para recordar que el uniforme no determina automáticamente la conciencia de quien lo viste. Lo decisivo es para quién se utiliza la fuerza.
Y después vino nuestra respuesta. Yo no voy a esconderla: nosotros también utilizamos la fuerza, y yo también fui parte de esa resistencia. Y aquí vuelvo a Tomás de Aquino. No, Aquino no escribió aquella frase que algunos le atribuyen diciendo que "todo pueblo tiene derecho a rebelarse contra una dictadura". Pero sí sostuvo que un poder convertido en tiranía pierde legitimidad y que la resistencia a un gobierno tiránico puede ser legítima bajo determinadas condiciones. Eso es importante, porque significa que la pregunta sobre el derecho a resistir al tirano no nació con nosotros: es mucho más antigua.
Y entonces alguien puede preguntarme: ¿cómo puedes condenar la violencia y al mismo tiempo reconocer que tú la utilizaste? Muy sencillo: no todas las violencias nacen del mismo lugar. Una cosa es utilizar la fuerza para dominar a un pueblo; otra es utilizar la fuerza para resistir a quien lo está dominando. Eso no convierte automáticamente en justo todo lo que haga una resistencia no necesito mentir para defender aquello en lo que creí, pero tampoco aceptaré esa vieja trampa de poner en una misma balanza al torturador y al torturado, al dictador y al perseguido, al que tiene el Estado, las cárceles, los fusiles y el poder económico, y al que intenta defenderse. No. La historia comienza antes.
Y esto es particularmente importante cuando miro lo que ocurre hoy. Porque la violencia del poder no desapareció: se sofisticó. A veces aparece en una cárcel, a veces en un tribunal, a veces en una ley, a veces en un presupuesto, a veces en el precio de los alimentos, a veces en una deuda, a veces en una concesión de nuestros recursos naturales, a veces en una reforma educacional, a veces en una pantalla, a veces en miles de cuentas falsas repitiendo una mentira. Y a veces aparece cuando el poder judicial utiliza toda la dureza del Estado contra un hombre que alguna vez decidió enfrentar la dictadura utilizando la fuerza. Pienso en Mauricio Hernández Norambuena. No voy a negar sus decisiones ni las consecuencias jurídicas de ellas, pero tampoco voy a aceptar que la historia comience cuando él tomó las armas. Antes estuvieron el golpe, la dictadura, la persecución, los asesinatos, la clandestinidad, la resistencia, y una democracia que, después de recuperar la institucionalidad, fue mucho más rápida para castigar determinadas formas de violencia que para revisar todas las herencias de la violencia dictatorial. Mauricio Hernández Norambuena lleva décadas privado de libertad, y su situación sigue siendo objeto de controversia política y jurídica, incluida la discusión sobre el reconocimiento del tiempo cumplido en Brasil.
Por eso cuando algunos dicen que "hay que dejar atrás el pasado", yo pregunto: ¿cuál pasado? ¿El de quienes fueron perseguidos? ¿El de quienes fueron asesinados? ¿El de quienes resistieron? ¿O también quieren que dejemos atrás el pasado de quienes se enriquecieron durante la dictadura? Porque ahí la memoria parece tener una curiosa selectividad. Y basta mirar el caso de Julio Ponce Lerou, exyerno de Augusto Pinochet y figura central de SQM, para recordar cómo las riquezas construidas durante la dictadura y las relaciones de poder pueden sobrevivir largamente al régimen que las hizo posibles.
Entonces no. Mi llamado no es a la conciliación con el poder. Mi llamado es a reconocerlo, a estudiarlo, a desenmascararlo, a fiscalizarlo, a organizarse frente a él, a recuperar la capacidad de pensar. Porque una sociedad que deja de pensar ya comenzó a perder su libertad, aunque todavía pueda votar. Y una sociedad que entrega su memoria, su educación, sus recursos naturales, su información y finalmente su capacidad de cuestionar, puede terminar siendo formalmente libre y materialmente sometida.
Por eso septiembre no es solamente memoria. Es también advertencia. Yo fui aquel joven de 17 años que no entendía cómo se cocinaba el poder. Hoy tengo 70. He tenido tiempo para aprender. Y una de las cosas que aprendí es que el poder nunca deja de buscar nuevas maneras de obediencia: antes necesitó fusiles, después necesitó miedo, hoy puede necesitar deuda, ignorancia, algoritmos, manipulación, precariedad y ciudadanos agotados que ya no tengan tiempo ni herramientas para pensar. Pero hay algo que el poder no puede tolerar fácilmente: un pueblo que aprende a pensar por sí mismo.
Por eso educar es resistir. Leer es resistir. Recordar es resistir. Preguntar es resistir. Organizarse es resistir. Fiscalizar es resistir. Y cuando el poder intenta convencernos de que cuestionarlo es violencia, yo vuelvo a la pregunta que atraviesa toda esta historia: ¿quién comenzó utilizando la fuerza y contra quién? Porque no pienso pedir disculpas por haber resistido a una dictadura. Tampoco pienso pedir permiso para seguir resistiendo hoy. Las armas pueden haber cambiado, los métodos pueden haber cambiado, los uniformes pueden haber cambiado, pero mientras exista opresión, seguirá existiendo la necesidad de hombres y mujeres dispuestos a decir que no. Y ese "no" sigue siendo, para mí, una de las formas más profundas de libertad.
Jorge Bustos
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