El amor suele escribirse en voz baja. Se le atribuye el tamaño de una habitación cerrada, el murmullo de dos cuerpos que se prometen el mundo sin saber muy bien qué mundo. Así nos lo enseñaron: como una pertenencia privada, como un fuego pequeño que solo alumbra a quien se acerca demasiado. Pero hay canciones que vienen a discutir esa idea, a empujarla con suavidad hasta que se cae. Yo entendí otra forma del amorestando en Cuba y escuchando a Silvio Rodríguez, cuando dijo sin decirlo del todo que amar también es ponerse del lado de quien no tiene nada, salvo la dignidad y las ganas de no arrodillarse. “Por quien merece amor” no habla solo de amantes: habla de pueblos.
Mientras escribo, Cuba vuelve a estar rodeada. No es novedad. El asedio es una costumbre larga, casi una atmósfera. Se aprieta el cerco, se multiplican las carencias y, desde lejos, se opina con la liviandad de quien nunca tuvo que elegir entre resistir o desaparecer. Pero no quiero escribir desde ahí. No quiero escribir desde la falta. Quiero escribir desde la memoria. Desde lo que Cuba dio cuando tenía poco, desde lo que compartió cuando nadie la obligaba a hacerlo.
En 1975, cuando Angola estaba a punto de nacer como país, la historia quiso abortarla. El apartheid sudafricano, con el respaldo de los poderosos de siempre, avanzaba para impedir que esa independencia se hiciera carne. La respuesta cubana no fue un cálculo ni una inversión. Fue una decisión política, sí, pero sobre todo ética. Cruzar el océano para defender una libertad ajena, que en el fondo no lo era tanto. Porque hay una intuición profunda —casi poética— que dice que ninguna libertad es del todo ajena.
La Operación Carlota llevó el nombre de una esclava rebelde, descuartizada por negarse a obedecer. No podía llamarse de otra forma. Durante años, cientos de miles de cubanos pasaron por Angola no como conquistadores, sino como compañeros de trinchera. Pero la verdadera épica no fue la del disparo ni la del avión que vuelve sin combustible. Fue la de enseñar. Enseñar a pelear, que es distinto de pelear por otro. Enseñar a sostenerse, a organizarse, a nombrar mandos propios, a no depender para siempre de una ayuda externa. Hay un amor que no crea dependencia. Hay un amor que se retira a tiempo para que el otro pueda caminar solo.
Ese amor tuvo consecuencias que incomodan a la historia oficial. Angola sobrevivió. Namibia nació. El apartheid empezó a resquebrajarse. No fue magia ni discurso: fue costo, fue sangre, fue perseverancia. Cuando Nelson Mandela agradeció a Cuba, no estaba haciendo un gesto diplomático. Estaba nombrando una deuda. Y las deudas verdaderas no se pagan con silencios.
América Latina también conoció ese amor incómodo. Guerrilleros, exiliados, estudiantes, médicos. Y más tarde, cuando los huracanes arrasaron Centroamérica y Cuba apenas podía alimentarse, volvió a aparecer la misma lógica extraña: compartir lo poco. Mandar médicos cuando no sobra nada. Hacer del saber una forma de pan.
Hoy, otra vez, Cuba es juzgada desde afuera por sus fracturas, por sus errores, por sus carencias reales. Pero hay una trampa en mirar solo eso. Es la trampa de olvidar el balance completo. De borrar lo dado. De fingir que la solidaridad fue un accidente y no una política sostenida durante décadas.
“Por quien merece amor” insiste como una consigna íntima y colectiva a la vez. Amar no es solo sentir. Es elegir. Es hacerse cargo. Es entender que hay momentos en los que no estar también es una forma de traición. Cuba eligió estar. En África, en América Latina, en los márgenes del mundo. Eligió dar cuando no convenía. Elegió enseñar cuando hubiera sido más fácil mandar órdenes.
Hoy, cuando la isla necesita algo más que juicios rápidos, recordarlo no es nostalgia ni propaganda. Es coherencia. Si alguna vez recibimos ese amor ancho, incómodo, solidario, ahora toca al menos no olvidarlo. Y tal vez, como decía Silvio, ofrecer también un amor sincero. De esos que no se miden por lo que se gana, sino por lo que se sostiene.
Realmente es COHERENCIA!…
Realmente es COHERENCIA! Gracias por tanto!
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