
Cada cierto tiempo aparece un economista que, desde la comodidad de su cátedra universitaria o del set de televisión, nos recuerda que el desarrollo se logra “invirtiendo más”. Esta semana fue el turno de Óscar Landerretche, quien propuso un “big push” de inversión en puertos y logística para reactivar la economía chilena. El discurso suena ordenado, casi seductor para quienes piensan en gráficos de PIB y curvas de productividad. Pero como buen bufón de la tecnocracia, Landerretche omite lo esencial: los puertos no flotan en el aire, no son entes abstractos. Están anclados en territorios concretos, rodeados de barrios, asentamientos humanos y comunidades que hace décadas cargan con las consecuencias de ese mismo “crecimiento” que él celebra.
En Chile conviven dos regímenes legales para la actividad portuaria. Por un lado, la Ley 19.542 de 1997, que creó las diez empresas portuarias estatales. Estas no pueden invertir en las ciudades ni compartir utilidades con el territorio; están obligadas a transferir sus excedentes al fisco central. Por otro lado, el Decreto con Fuerza de Ley N° 340 de 1960, que habilita a privados a construir y operar terminales bajo una regulación mucho más laxa, sin obligaciones de compensación territorial. Ambos marcos comparten un rasgo estructural: el territorio portuario se usa, pero no recibe nada a cambio. Las ciudades soportan el tráfico de camiones, la contaminación, la presión inmobiliaria y la fragmentación urbana, mientras los beneficios se concentran en Santiago o en las casas matrices de las concesionarias.
Tomemos ejemplos concretos. En Valparaíso, el flujo de camiones ya no atraviesa la avenida Argentina ni Santos Ossa; ahora se canaliza por el Acceso Sur. Pero la “solución” fue solo trasladar el problema: las poblaciones que bordean esa vía sufren ruido, contaminación y congestión permanente. Es decir, la ciudad sigue pagando el costo del puerto, solo que ahora lo cargan los sectores más vulnerables. En San Antonio, el actual Acceso Sur está saturado y el proyectado Puerto Exterior amenaza con duplicar la carga sin una solución ferroviaria robusta. Los vecinos de Llolleo y Barrancas lo saben: más inversión portuaria significa más tacos, más ruido, más polvo, más fragmentación. En Talcahuano, la convivencia con pesqueras e industrias ha transformado su borde costero en una zona degradada ambientalmente. El puerto genera empleo y movimiento económico, sí, pero también externalidades que recaen en los mismos barrios populares de siempre.
Estos son los verdaderos “costos” del crecimiento que Landerretche no menciona: comunidades transformadas en zonas de sacrificio para sostener la cadena logística nacional. Barrios que no aparecen en los informes de productividad, pero que absorben el impacto de cada tonelada movilizada.
Y mientras tanto, afuera el mundo avanza. Rotterdam destina parte de sus ingresos portuarios a parques urbanos, corredores verdes y proyectos culturales. Hamburgo cuenta con un fondo permanente de inversión ciudad-puerto, financiado por tarifas portuarias. Barcelona no amplía un muelle sin incluir un proyecto urbano paralelo: espacios públicos, áreas recreativas o integración con el transporte local. En Chile, en cambio, cualquier idea de que las utilidades portuarias se reinviertan en el territorio tropieza con la Ley 19.542 y con la lógica centralista que todo lo concentra en Santiago. La desconexión entre puerto y ciudad no es un accidente: es una decisión política sostenida por décadas.
Por eso resulta irónico escuchar a un académico hablar de un “big push” portuario como si bastara con mover dinero de un renglón a otro. La inversión no es neutra. Si no contempla el territorio, no es inversión: es extracción. Landerretche juega el papel de bufón moderno. Entretiene con cifras, con discursos impecables, con promesas de eficiencia, pero sin tocar el fondo. Habla de Chile como si fuera un tablero de Monopoly, donde basta con poner fichas y esperar que todo se ordene. Pero en las ciudades puerto, la partida ya está cargada. Y los dados, como siempre, los tiran otros.
Defendamos la Ciudad
Jorge Bustos
Que algo sé de puertos.
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