Hay algo más peligroso que la derecha gobernando para los negocios: es la izquierda gobernando sin entender lo que firma. No por perversión ideológica, sino por una mezcla letal de ignorancia técnica, soberbia, vanidad política y obediencia al poder oscuro presentada como “responsabilidad”. Eso es lo que hoy se exhibe en Valparaíso, con el respaldo político al proyecto Terminal Cerros de Valparaíso (TCVAL) y antes al Acuerdo por Valparaíso.
No estamos frente a una traición sofisticada, de esas que requieren inteligencia estratégica. Estamos frente a algo más dañino: autoridades que no comprenden el alcance real de lo que avalan, pero que aun así lo empujan con entusiasmo disciplinado. Cuando la ignorancia ocupa cargos de poder, deja de ser una carencia individual y se transforma en un problema público.
El proyecto que hoy se pretende aprobar no es una abstracción llamada “desarrollo portuario”. Es gasto duro, concreto y obsceno en su contraste: millones de dólares destinados a losas de hormigón, dragados masivos y plataformas para acelerar la rotación del capital portuario. Todo esto mientras la ciudad sigue abierta por la herida de los incendios: familias en soluciones precarias, reconstrucciones inconclusas y una respuesta estatal que repite una y otra vez que “no hay recursos suficientes”, otro más ordinario dijo “no queda un puto peso”.
Aquí aparece la primera responsabilidad política directa. Del Municipio con una alcaldesa que es abogada. Eso agrava su rol. No puede refugiarse en la ignorancia técnica ni en la confusión administrativa. Sabe o debería saber que un Informe Consolidado de Evaluación (ICE) no es un trámite neutro. Sabe distinguir un vicio esencial de una omisión menor. Sabe cuándo un procedimiento está jurídicamente forzado para llegar a una aprobación predeterminada. Y aun así lo respaldó. No porque no entendiera, sino porque prefirió no entender.
Eligió repetir el libreto de la gobernanza, el diálogo y las compensaciones antes que hacerse cargo del desequilibrio brutal entre el hormigón que se financia rápido y las vidas que se reconstruyen lento, no puede alegar ignorancia que el último informe patrimonial, dijo que el terminal 2 o TCVAL “generará un alto impacto, permanente e irreversible”.
En el caso del gobernador Rodrigo Mundaca, el problema es distinto, pero igual de grave: habla sin comprender. Repite conceptos como “acuerdo”, “puerto-ciudad” y “diálogo” con la liviandad del que memoriza palabras sin captar su contenido. Validar una evaluación ambiental débil, con línea de base obsoleta y observaciones técnicas ignoradas, no es pragmatismo. Es hipotecar el futuro de la región que dijo representar.
Y es aquí donde conviene dejar de fingir ingenuidad y nombrar a los otros actores del teatro.
Porque el coro empresarial que hoy aparece en El Mercurio de Valparaíso y en medios especializados como Portal Portuario celebrando el “avance” de TCVAL no está compuesto por vecinos del cerro ni por defensores del bien común. Son los mismos representantes gremiales y ejecutivos que, cuando se discutió un royalty portuario mínimo para que las ciudades puerto recibieran algo a cambio del saqueo permanente, saltaron indignados acusando “encarecimiento de costos” y “pérdida de competitividad”.
Ahí sí que se pusieron exquisitos.
Ahí sí que el territorio dejó de importarles.
Su juego es viejo y burdo: usan Valparaíso como plataforma extractiva, levantan muros, dragan el mar, congestionan la ciudad y luego vuelven tranquilamente a sus casas y oficinas en Santiago, donde tributan, deciden y acumulan. El puerto queda aquí; la renta se va. Cuando se les pide devolver una fracción mínima de lo que extraen, gritan. Cuando se les ofrece infraestructura pública pagada con costos sociales ajenos, aplauden. Como por ejemplo el depósito de contenedores financiado con dinero del SERVIU, que debía ser para viviendas No es amor por Valparaíso: es cálculo. No es compromiso territorial: es colonialismo logístico con traje de ejecutivo.
Desde el punto de vista técnico-jurídico, el problema es aún más profundo. El ICE de TCVAL presenta vicios esenciales de procedimiento conforme a la Ley 19.300. El Artículo 9 bis es claro: la omisión de pronunciamientos ambientales fundados de los organismos competentes configura nulidad. Y, sin embargo, el documento consolidado desestima observaciones clave de SUBPESCA, de la Gobernación Marítima y del Gobierno Regional, bajo una interpretación forzada del mandato del Segundo Tribunal Ambiental.
Más grave aún: el propio expediente reconoce que la línea de base oceanográfica y sedimentológica se sustenta en información de 2014. Mas de once años. En un escenario de cambio climático, aumento de marejadas y alteración química de sedimentos, evaluar un dragado de casi dos millones de metros cúbicos con datos obsoletos no es una omisión menor: es una irresponsabilidad técnica, al parecer se le debe dejar hecha la pega a los patrones que vienen.
A esto se suma la reducción ilegítima del patrimonio cultural a una variable decorativa. El Consejo de Monumentos Nacionales lo advirtió con claridad. El patrimonio no es paisaje: es estructura histórica viva, más aún en una ciudad reconocida por la UNESCO.
El Servicio de Evaluación Ambiental hizo lo que su diseño institucional permite: cerrar el expediente como fuera. Lo que no era inevitable era el respaldo político. Sin alcaldesa ni gobernador actuando como escudos humanos del proceso, este ICE sería lo que realmente es: un documento frágil, jurídicamente expuesto y técnicamente cuestionable.
Aquí no hay épica. Hay algo más peligroso: autoridades que confunden mitigación con justicia, compensación con dignidad y rapidez con eficiencia. Y un empresariado que exige Estado cuando le conviene y mercado cuando se le pide responsabilidad.
Esta es la izquierda que no cae peleando, sino asintiendo. Una izquierda que no discute el modelo porque no lo entiende, y que por no entenderlo termina sirviéndolo mejor que sus defensores históricos.
Cuando el puerto crezca, cuando el mar quede oculto tras muros de contenedores y cuando aún queden familias esperando justicia real, no bastará con decir que “no era tan claro”.
Era claro.
Lo que faltó no fue información.
Fue comprensión.
Jorge Bustos
Defendamos la Ciudad
Añadir nuevo comentario