El imperio volvió a mostrar los dientes. Capturaron al presidente de Venezuela y lo llevaron a Estados Unidos. Dicen que es por narcotráfico, pero todos sabemos que lo que buscan es petróleo y recursos. Así ha sido siempre: disfrazan el saqueo con palabras bonitas, pero lo que quieren es quedarse con lo que no les pertenece.
En Chile y en América Latina, muchos gobiernos han levantado la voz y condenan la acción. Pero eso no alcanza. No basta con discursos tibios. Si de verdad se quiere defender la soberanía, hay que romper relaciones protocolares, llamar a consulta al embajador, expulsar embajadores y cónsules y demostrar que Chile no depende de Estados Unidos. Nuestro comercio está con China y Asia, no con ellos. La dignidad no se defiende con comunicados, sino con actos.
La historia nos enseña que con el imperio no se negocia. Los pueblos han resistido haciéndoles la vida imposible, volviendo ingobernable el territorio. Así fue en Vietnam, donde campesinos y estudiantes lograron que la guerra se volviera insostenible para Estados Unidos. Así fue en Argelia, donde la resistencia popular obligó a Francia a retirarse. Así fue en nuestras propias independencias, cuando las guerrillas y los levantamientos hicieron imposible que España siguiera gobernando. La clave está en que les salga más caro quedarse que irse.
Y aquí entra la gente común, nosotros. No hace falta ser político ni tener poder. Cada persona puede aportar desde lo que sabe hacer. El trabajador que organiza a sus compañeros, la profesora que enseña a sus alumnos la historia verdadera, el vecino que levanta la voz en la plaza, el joven que usa las redes para denunciar el saqueo. La palabra es un arma, la memoria es un escudo, la organización es la fuerza.
Hoy, cuando el saqueo parece naturalizado en nuestro país, lo que toca es ponerlo en evidencia y defender lo nuestro. No podemos aceptar que el litio o el cobre sean tratados como botín de guerra, como lo ha sido después del 11 de septiembre de 1973. No podemos aceptar que nos digan que la estabilidad vale más que la soberanía. La política patriótica comienza cuando el pueblo se pone de pie y dice: basta.
No somos gobierno, pero somos pueblo. No tenemos ejércitos, pero tenemos dignidad. Y esa dignidad, cuando se activa, es ingobernable. El imperio contraataca, sí. Pero la respuesta está en cada uno de nosotros: en la memoria, en la palabra, en la reorganización.
Esa es la verdadera fuerza que puede cambiar la historia.
Jorge Bustos
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