Cuando la política convierte el miedo en el centro del debate, las verdaderas causas de los problemas desaparecen de la discusión pública. Un claro ejemplo de esto se observa en el relato de la ultra derecha y sus líderes, como José Antonio Kast, cuyas intervenciones ya sea enfocadas en la deuda pública y el gasto fiscal, o en la seguridad y el orden forman parte de una misma estrategia. Este libreto tiene décadas de existencia y se ha aplicado globalmente con los mismos resultados: priorizar el crecimiento económico de las élites y el control social, mientras las desigualdades estructurales permanecen intactas. Así ocurrió en el EE.UU. de Reagan y el Reino Unido de Thatcher, donde la mano dura y la liberalización económica convivieron con un aumento sostenido de la concentración de la riqueza y fracturas sociales profundas.
La lógica de este modelo es sencilla y perversa: primero se identifica una amenaza delincuencia, migración, crisis fiscal; luego se instala la idea de que el principal deber del Estado es controlarla por la fuerza; y finalmente, toda la discusión gira en torno al orden. De este modo, la sociedad termina observando los efectos en lugar de las causas. Cuando un joven cae en la delincuencia o un barrio se deteriora, se culpa al individuo o a las "incivilidades", pero jamás se discute quién concentra la riqueza, quién controla los mercados o quién se beneficia de un sistema profundamente desigual. Este es el rasgo más característico del neoliberalismo: trasladar las crisis colectivas al ámbito de la responsabilidad individual, transformando derechos fundamentales como la vivienda, la educación y la salud en simples mercancías sujetas a la capacidad de pago.
Por eso resulta alarmante que las prioridades gubernamentales y las cuentas públicas insistan en la construcción de cárceles y el fortalecimiento policial, mientras los problemas estructurales quedan subordinados a la promesa de que el mercado resolverá la desigualdad más adelante. Cuando un país invierte más esfuerzo en administrar consecuencias que en abordar sus causas, queda atrapado en un círculo vicioso: construye más prisiones porque no resolvió la exclusión, y aumenta la vigilancia porque abandonó lo social. La historia demuestra que ninguna sociedad alcanza estabilidad duradera únicamente mediante la fuerza; la verdadera paz surge cuando existe una percepción compartida de justicia y las instituciones sirven al interés general antes que a los grupos privilegiados.
Chile no enfrenta solo una crisis de seguridad; enfrenta una crisis de legitimidad social provocada por un modelo que utiliza el miedo como herramienta de gobierno para que la ciudadanía exija control en lugar de justicia, y discuta sobre castigos en lugar de privilegios. No podemos seguir administrando las consecuencias de este abandono.
Frente a la intencionada fragmentación neoliberal, se vuelve imperativo convocar a todas las fuerzas vivas de la nación para construir un gran Programa Patriótico Social. Este proyecto debe ser la herramienta soberana para llenar cada uno de los vacíos que el mercado ha dejado a su paso, recuperando nuestros recursos estratégicos, garantizando derechos universales y devolviéndole al Estado su rol conductor. Es hora de levantar una alternativa basada en la esperanza organizada, orientada a transformar las estructuras de la desigualdad y a fundar un orden social que sea verdaderamente justo, digno, solidario y profundamente Patriótico para todo el pueblo.
Jorge Bustos
Añadir nuevo comentario