El océano acaba de hacer la pregunta que las autoridades ambientales nunca respondieron. Mientras el borde costero colapsaba bajo uno de los temporales más intensos de los últimos años, la realidad volvió a enfrentarse con una decisión que marcará a Valparaíso por el próximo siglo: construir más infraestructura sobre el mar en tiempos de cambio climático.
Hay momentos en que la naturaleza irrumpe con una fuerza imposible de ignorar y derrumba, en pocas horas, años de discursos, presentaciones en PowerPoint y estudios cuidadosamente redactados. El temporal del 17 de julio fue uno de esos momentos. El mar volvió a demostrar que sigue siendo el verdadero dueño del borde costero de Valparaíso y recordó una verdad que con demasiada frecuencia se intenta olvidar: es la ciudad la que debe adaptarse al océano, y no al revés.
Las imágenes recorrieron el país. Olas sobrepasando la Avenida Errázuriz, infraestructura costera golpeada por la fuerza del mar, calles anegadas y una ciudad obligada, una vez más, a reconocer su vulnerabilidad. Pero entre todas esas imágenes hubo una que pasó casi inadvertida y que, sin embargo, podría transformarse en una de las más importantes para el futuro de Valparaíso. El propio Delegado Presidencial Manuel Millones registró en un video que la única vía de acceso al Parque Barón se encontraba completamente inundada. No era una simulación elaborada por consultores ni un ejercicio de modelación matemática. Era la realidad imponiéndose sobre una de las obras públicas más costosas que hoy se ejecutan en el borde costero.
Esa imagen debería haber abierto inmediatamente un debate nacional. Sin embargo, ocurrió exactamente lo contrario. Se habló del temporal, de los daños y de la emergencia, pero nadie pareció preguntarse qué significa que una obra de cientos de miles de millones de pesos, concebida para transformar la relación de Valparaíso con el mar, vea comprometido su acceso durante un evento meteorológico que, según la ciencia, será cada vez más frecuente como consecuencia del cambio climático.
Y esa omisión resulta todavía más preocupante cuando el Estado chileno ya no puede alegar desconocimiento. Desde junio de 2022 se encuentra vigente la Ley N.º 21.455, Ley Marco de Cambio Climático, una norma que obliga a todos los órganos del Estado a incorporar la adaptación climática en la planificación de políticas públicas, inversiones e infraestructura. En paralelo, la Ley N.º 19.300 exige que la evaluación ambiental se funde en antecedentes técnicos suficientes y que los proyectos sean analizados considerando los impactos ambientales relevantes. Dicho de manera simple, ya no basta con demostrar que una obra resiste las condiciones históricas del océano; debe acreditarse que fue diseñada para enfrentar el clima que viene, el de este siglo.
Y esa es precisamente la discusión que hoy está ausente. La Empresa Portuaria Valparaíso impulsa la mayor ampliación portuaria de las últimas décadas. Nuevos rellenos ganados al mar, explanadas, muelles y obras destinadas a permanecer operativas durante medio siglo o más. Una infraestructura estratégica que será construida en el mismo borde costero donde el temporal acaba de recordar la extraordinaria fuerza del océano. La pregunta, entonces, no es si Valparaíso necesita un puerto moderno. La pregunta es mucho más profunda: ¿la evaluación ambiental de este proyecto incorporó realmente los escenarios climáticos que exige la legislación vigente o sigue descansando, en lo esencial, sobre parámetros construidos para un clima que ya dejó de existir? Por eso se presento la invalidacion de la Resolucion de Calificacion Ambiental, porque a los seremis y al delegado presidencial anterior le importo un huevo, lo que hoy denuncio.
Las imágenes del 17 de julio no prueban, por sí solas, que la ampliación portuaria sea inviable. Sería intelectualmente deshonesto afirmarlo. Pero sí obligan a formular preguntas que ninguna autoridad ha respondido públicamente. ¿Qué escenarios de aumento del nivel del mar fueron utilizados? ¿Qué proyecciones de marejadas extremas se incorporaron? ¿Cómo se evaluó la resiliencia de los nuevos rellenos frente a eventos cada vez más intensos? ¿Qué medidas de adaptación se diseñaron para una infraestructura llamada a operar hasta fines de este siglo? ¿ hasta donde llegaran los contenedores que piensan poner en la Playa San Mateo, des pues de un gtemporal como este, o uno peor? Cuando una ley obliga a considerar el cambio climático, esas respuestas dejan de ser opcionales y pasan a formar parte del deber de fundamentación de la autoridad.
También resulta indispensable conocer cuál fue el comportamiento del molo de abrigo durante este temporal. Esa estructura constituye la primera línea de defensa del puerto frente al océano y su desempeño no debiera quedar limitado a informes técnicos que nunca conocen los ciudadanos. Cada temporal entrega información valiosa para evaluar la capacidad de respuesta de la infraestructura existente y para mejorar el diseño de la futura. Ignorar esas lecciones sería insistir en planificar con la vista puesta en el retrovisor.
Lo ocurrido con el acceso al Parque Barón abre, además, una interrogante todavía más inquietante. Si un temporal fue suficiente para aislar el ingreso a una obra recién construida en el borde costero, ¿qué ocurriría frente a un evento de mayor magnitud? Nadie serio puede responder esa pregunta recurriendo a la especulación. Pero precisamente por eso resulta indispensable que existan estudios públicos, transparentes y verificables que permitan conocer cómo respondería esa infraestructura frente a escenarios extremos, incluidos aquellos que forman parte de la historia sísmica y oceánica de Chile. La planificación moderna no consiste en esperar que ocurra una catástrofe para descubrir las debilidades de una obra; consiste en anticiparlas y corregirlas antes de que sea demasiado tarde.
Durante años el debate sobre la expansión portuaria se concentró en toneladas de carga, competitividad, inversión y crecimiento económico. Todas son variables relevantes. Pero el temporal del 17 de julio cambió las reglas de la discusión. Hoy existe una variable que ninguna autoridad puede seguir tratando como un capítulo secundario de los estudios ambientales: el cambio climático. No porque lo diga una organización ambientalista ni porque lo reclame un grupo de vecinos, sino porque así lo exige una ley de la República.
El océano ya cambió. La ciencia lo ha documentado. La legislación chilena lo reconoce. Y el temporal del 17 de julio volvió a recordárselo a Valparaíso con una claridad que ningún informe podrá igualar.
La pregunta que queda pendiente ya no es cuántos metros de muelle tendrá la ampliación portuaria ni cuántos contenedores podrá mover. La verdadera pregunta es mucho más profunda: ¿estan construyendo la infraestructura que necesita el Valparaíso para el siglo XXI o estan invirtiendo miles de millones para responder a un clima que pertenece definitivamente al pasado?
Jorge Bustos
Defendamos la Ciudad / Región Valparaíso
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