La discusión por unas pocas pensiones de gracia no puede hacernos perder de vista la verdadera disputa. Mientras el mundo portuario se enfrenta entre sí, los grandes grupos económicos ya trabajan unidos para definir quién controlará los puertos chilenos durante los próximos cuarenta años.
Compañeros y compañeras:
A los más jóvenes que recién comienzan a curtirse en los muelles y a los viejos que dejaron la espalda, el sudor y buena parte de su vida sobre las losas de nuestros puertos, quiero hablarles desde la experiencia. No les escribe un académico ni un dirigente de escritorio. Les habla un viejo portuario que conoció las madrugadas, los temporales, las huelgas, las victorias y también las derrotas.
Me duele profundamente ver cómo hoy el mundo portuario comienza a fracturarse por la distribución de algunos cupos para pensiones de gracia. Comprendo la necesidad de quienes esperan ese reconocimiento. Sé perfectamente lo que significa llegar a cierta edad con el cuerpo destruido después de décadas de trabajo. Pero también sé que ninguna necesidad puede hacernos olvidar el verdadero conflicto que tenemos por delante.
Mientras nosotros discutimos entre sindicatos, desconfiamos unos de otros y desgastamos nuestras fuerzas en peleas internas, al otro lado de la mesa ocurre exactamente lo contrario. Los grandes operadores portuarios, reunidos en CAMPORT y respaldados por los principales grupos económicos del país, trabajan coordinadamente. Ya redactaron sus propuestas para modificar el sistema portuario chileno. Buscan extender las concesiones por treinta o cuarenta años, reducir los controles laborales, flexibilizar las normas de seguridad y consolidar un modelo donde cada vez exista menos espacio para la organización de los trabajadores.
Ellos entendieron hace mucho tiempo que la unidad genera poder. Mientras ustedes parece que la estan olvidando.
La historia del movimiento portuario demuestra exactamente lo contrario. Cada conquista nació cuando fuimos capaces de dejar nuestras diferencias de lado para defender objetivos comunes. Así ocurrió con la Ley Corta que consagró el descanso irrenunciable para la colación. Esa conquista no fue un regalo de ningún gobierno ni un gesto de buena voluntad empresarial. Fue el resultado de un movimiento portuario unido de Arica a Punta Arenas.
Hoy necesitamos volver a pensar con esa misma mirada. La verdadera discusión no son unos cupos. La verdadera discusión es quién escribirá las reglas del sistema portuario chileno durante los próximos cuarenta años.
Necesitamos una Ley Larga de Puertos que termine con la desigualdad normativa que hoy permite competir bajo reglas distintas entre terminales públicos y privados. Chile requiere una institucionalidad logística moderna, pero esa institucionalidad solo tendrá legitimidad si los trabajadores participan con poder real en las decisiones y no como simples invitados de piedra.
Pero existe una pelea aún más grande que casi nunca damos. Los puertos generan enormes riquezas, pero esa riqueza no permanece en las ciudades que la producen. Valparaíso, San Antonio, Talcahuano, Iquique, Antofagasta y todas las ciudades puerto aportan infraestructura, trabajadores, territorio y soportan la contaminación, la congestión, el deterioro urbano y los impactos ambientales. Sin embargo, las utilidades terminan concentradas en los grandes grupos económicos y en las casas matrices de empresas transnacionales.
Nosotros producimos la riqueza; otros capturan la renta. Mientras las utilidades abandonan los territorios, nuestras ciudades siguen acumulando pobreza, campamentos, déficit de viviendas, calles deterioradas, servicios públicos insuficientes y menos oportunidades para nuestros hijos. La defensa del trabajo portuario no puede limitarse al salario; también debe defender el derecho de las ciudades puerto, del territorio que habitan y a gozar de la riqueza que generan.
También debemos enfrentar de una vez el abuso de la eventualidad. Ningún sistema puede llamarse moderno cuando miles de trabajadores viven esperando un turno para saber si ese día podrán llevar el sustento a sus hogares. La flexibilidad laboral ha terminado significando estabilidad para las empresas e incertidumbre permanente para los trabajadores. Esa realidad debe cambiar.
Al mismo tiempo debemos defender algo que jamás puede entrar en negociación: la vida. El trabajo portuario continúa siendo una de las actividades más peligrosas del país. Resulta incomprensible que existan sectores empresariales interesados precisamente en debilitar las normas que protegen nuestra seguridad. Debemos exigir la ratificación plena del Convenio 152 de la OIT, fortalecer los Comités Paritarios de Puerto y garantizar instalaciones dignas para quienes desarrollan estas faenas.
La tecnología tampoco puede transformarse en un enemigo. La automatización llegó para quedarse. Negarlo sería engañarnos. Lo que debemos exigir es una transición justa, con capacitación permanente, certificación de competencias y planes de reconversión financiados por el Estado y por las empresas. La modernización no puede seguir significando desempleo para los trabajadores y mayores utilidades para los concesionarios.
Y tampoco podemos construir el puerto del futuro dejando atrás a nuestras compañeras. Un sindicalismo moderno no puede aceptar que las mujeres continúen enfrentando barreras para ingresar a las faenas, menores oportunidades de desarrollo o diferencias salariales por realizar el mismo trabajo. La igualdad también forma parte de la dignidad laboral que siempre hemos defendido.
Compañeros, después de tantos años aprendí que los trabajadores casi nunca somos derrotados por falta de fuerza. Casi siempre somos derrotados por nuestras propias divisiones.
Hoy algunos discuten por unos cupos. Mientras tanto, otros ya están planificando quién controlará los puertos, las concesiones, la logística y las condiciones laborales durante las próximas cuatro décadas.
No cometamos el error de pelear por las migajas mientras otros se reparten la riqueza.
Estamos a tiempo de reconstruir las confianzas, fortalecer un verdadero Frente Nacional Portuario y volver a sentarnos en la mesa donde se toman las decisiones estratégicas.
Ese siempre fue nuestro verdadero poder. Y es el momento de volver a ejercerlo.
Choche Bustos
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